domingo, 31 de mayo de 2009

El hermano


No me resisto a transcribir lo que uno de mis hermanos escribe sobre otro (el que cumple 50 años) a requerimiento de nuestra común cuñada y para incluirlo en un libro para la fiestecita sorpresa de marras.
No le he pedido permiso para publicarlo. Si se entera me mata, así es él de discreto (y así soy yo, ya lo sabe él).



"Y qué puedo decir. Qué puedo añadir sensato sin caer en la sensiblería, "sensitive or sensible", viejos y no tan falsos amigos. Dejémonos guiar por los sentidos y apuntemos, de entrada y para que vayan por delante, las dos sencillas y rotundas emociones que me embargan: que los cincuenta años de mi hermano me impresionan más que los que yo cumplí y que siempre lamento que no pasemos más tiempo juntos, que no hablemos más, que no nos veamos con más frecuencia.
Tengo la sensación de que nosotros nunca hemos mantenido lo que suele entenderse como una relación fraternal. Apenas guardo más recuerdos infantiles juntos que los meramente referenciales. Simplemente estaba allí, como la puerta abatible de la cocina o el tacto del asiento de eskay del coche familiar. A veces jugábamos, rara vez discutíamos y nuestras confidencias eran muy ocasionales. Era un niño enérgico, al que temía en ocasiones y del que me fui alejando a medida que nos condicionaba más a los dos la relación con nuestro padre. La adolescencia la vivimos separados, en la misma casa, muchas veces en la misma habitación, pero distantes. Siempre fue mejor estudiante que yo y más claro ejemplo de comportamiento y aplicación, pero lo cierto es que esta circunstancia no me produjo jamás el mínimo sentimiento de animadversión; tampoco de acicate. Nos observábamos, supongo, como el indio y el romano en el descanso del rodaje de los estudios cinematográficos comiendo un bocadillo.
Todo esto cambió sin embargo un día, en un instante. No podría precisar por qué ni cómo, ni siquiera cuándo, pero recuerdo perfectamente su paladar. Desde entonces fuimos mucho más que amigos, mucho más que hermanos, una buena parte de nuestro futuro por delante, siempre unidos, entendiéndonos sin mirarnos, descubriendo la vida en cada rincón, una vida que nos apresurábamos a compartir, a debatir, a exprimir. Nunca he sido tan feliz como durante nuestros primeros años juntos. No importaba nada que la ventana se abriera a un muro ciego ni que no quedara cena ni que de nuevo nos llamaran porque la clase se había quedado sin cubrir. Éramos lo que queríamos ser.
Y todo empezó con un café irlandés. Servido con delectación, con parsimonia casi mesiánica en aquella casa minúscula de la colmena del Paseo Donostiarra. Ni siquiera recuerdo el nombre del pariente antiburgués, sólo la forma de mesarse las barbas y la explicación de cómo se elabora el brebaje manteniendo firme la cucharilla para verter la nata. Fue nuestro despertar a un mundo de nuevas e insospechadas sensaciones.
Después de todos estos años, creo que nuestra vida se resume en aquella ceremonia. Una primera capa dulce, de risas y amigos, de juergas y militancias, de noches y de humo, la espuma de los días blancos y felices. El café ha de ser amargo, pues no se puede remover el azúcar, pero se bebe cuando todavía quedan restos de nata en los labios, por lo que la intensidad, la profundidad del sabor de la vida se hace placentero y reconfortante. Y más allá, con la boca despertando a otra temperatura, estalla el licor con aroma a madera, el verdadero latido de la existencia que cada cual siente a su manera en su interior más profundo. No hay frío ni calor sino una sinfonía de texturas que gozas, descubres y cultivas como culminación del proceso.
Después de tanta leche con Nesquik, se nos abría un mundo de sabores, de emociones y de significados al que no hemos renunciado y que nos inmuniza contra los false friends. No nos vemos mucho, es cierto, pero estamos unidos para siempre desde que saboreamos juntos, cerrando los ojos, aquel exquisito café irlandés. Salud. "





sábado, 16 de mayo de 2009

AMORES VARIADOS

Me proponía pasar cinco días de vacaciones en Menorca, alguno de ellos navegando a vela y, el resto, en un dolce far niente, con la intención de charlar con mi marido ya que, aunque compartimos mesa y cama, casi no hablamos, debido, sobre todo, a que no nos queda tiempo después de reñir con nuestros hijos.
Todo parecía idílico pero, como my bien sabe Murphy, hubo sorpresa en forma de llamada de mi cuñada que me pedía que le cediera el jardín de mi casa para hacer a mi hermano (su marido) una fiesta sorpresa por los 50 años y también para que le ayudara a prepararla a su espaldas. Ni que decir tiene que, de inmediato, sentí una terrible piedad por mi hermano a quien, con tan respetable edad, se le iba a someter a la terrible y dura prueba de tener que sorprenderse, agradecer, sonreir etc. Él se lo teme, me consta, pero creo que confía en que su mujer haya reflexionado lo suficiente como para erradicar tan horrible idea de su mente. Puede que se olvide, no obstante, de que tiene dos hijos de corta edad, demasiado corta para sus padres, a cuya felicidad y diversión se dirigen todos los esfuerzos de su madre lo cual, de rebote, le causa a ella también profunda felicidad. Yendo un poco más allá creo que mi hermano sospecha que habrá fiestecita sorpresa, que su hermana, que entra a todos los trapos habidos y por haber, va a estar en el ajo, y que su mujer y sus hijos van a disfrutar de lo lindo, y, llegados a este punto, creo que está dispuesto a participar con todas las de la ley, es decir, a sorprenderse, emocionarse, reir, contar chascarrillos, bailotear con las cuñadas, cantar alguna canción de sus tiempos mozos, dejarse hacer fotos y agradecer a todo el mundo su asistencia. Eso es amor y, lo demás, pamplinas.
Así que hablé con mi marido (por fin) para pedirle que renunciara al viaje a cambio de pasar un agradable puente haciendo canapés, tortillas y emparedados, preparando mesas y sillas, hielos y ceniceros para su cuñado y sobrinitos y para toda la caterva de gente desconocida que va a invadir nuestra casa, llenarla de vasos de papel, manchas de fanta, niños alocados y sus evocadores padres carrozas, acordeón incluida, mientras nuestros hijos desaparecen lo más lejos posible y mi madre me riñe por meterme en líos, para acabar felizmente el domingo barriendo, fregando y sacando basura.
Él, claro está, aceptó a la primera renunciando a conocer (por fin) Menorca. Y esto también es amor ¿o no?

jueves, 2 de abril de 2009

Mi identidad anterior no me daba más que disgustos.

CARIDAD SI, PERO CON OTROS
Es un lugar común el de que nadie es abortista. Y yo estoy en tal lugar. Pero no puedo evitar compadecerme de las mujeres rotas que con dolor acaban bruscamente con un embarazo que comenzó sin duda de la misma manera, y no porque su decisión vaya a acarrearles tristezas futuras, dolores de conciencia o penas del infierno sino porque muchos las juzgan y condenan sin ninguna piedad y, por supuesto sin la caridad cristiana que –deberían saberlo los cristianos- impide abandonar al que sufre (o peca, según los cánones). Será por deformación profesional pero lo cierto es que no me gusta juzgar a nadie y menos por asuntos que conciernen de forma tan íntima a la conciencia de cada cual. Debe ser que me corroe el relativismo puro que Benedicto tanto ataca. Puede ser y, en tal caso, yo también estoy perdida para la gloria. Pero no creo que sea un delito dar protección a las mujeres para que no se desangren en cualquier tugurio de mala muerte y ayuda para que puedan amar y criar a los hijos que, finalmente, tengan. Y el que quiera que rece en el silencio de su casa o parroquia, pero, por favor, sin pancartas, sin gritos, sin arengas. Mita. Gracias por Cernuda.

martes, 30 de diciembre de 2008

Emitir una opinión sobre la multa que se ha impuesto al juez Tirado desde la perspectiva de la relación de su conducta con la muerte de la niña Mary Luz constituye un error grave desde el punto de vista jurídico puesto que la relación causa efecto no está, ni de lejos, establecida, basta con razonar que, hoy por hoy, del Valle aun no ha sido juzgado y mucho menos condenado por ese asesinato por lo que, en todo caso, le asiste la presunción de inocencia y existe la posibilidad (parece que remota dada su inicial confesión) de que, finalmente, sea exculpado. Sin embargo no puede dejar de abordarse el tema en el contexto en que han surgido las cosas puesto que la opinión pública, capitaneada, como no podía ser de otra forma, por el padre de la niña, razona que si el supuesto asesino hubiere estado en la cárcel, como debía, en cumplimiento de una condena anterior por un delito de igual naturaleza, la posibilidad de volver a delinquir se hubiera neutralizado, y este razonamiento no es ningún absurdo puesto que, como cualquier estudiante ha aprendido en el primer curso de derecho, una de las finalidades clásicas de la pena de privación de libertad es la de impedir la reiteración de conductas delictivas en un periodo determinado y concreto de tiempo puesto que la encarcelación no constituye un castigo o venganza social sino que ha de tender a la consecución de objetivos convenientes para la evitación del “mal”, uno de los cuales es el apartamiento del delincuente del ámbito del delito durante el tiempo que se considera conveniente y a lo cual deben aplicarse los jueces con el mayor interés. No en vano la Constitución Española encomienda al Poder Judicial no sólo la función de juzgar sino también, y en plano de igualdad semántica, la de hacer ejecutar lo juzgado, lo que otorga carta de naturaleza a la evidencia de que las leyes penales no cumplirían su vocación pacificadora de la sociedad si las condenas no se llevan a cabo en toda su integridad y en los plazos y con las garantías que resulten acordes a su naturaleza. Pues bien, desde este punto de vista, el hecho de que una sentencia penal no haya sido ejecutada o, al menos no lo haya sido en tiempo razonable, constituye un estrepitoso fracaso del sistema judicial y pone de manifiesto la confusión que muchos jueces, y probablemente el órgano que los gobierna, tienen respecto a cuáles son sus funciones constitucionales, pues de nada vale establecer unos estándares de trabajo basados únicamente en el dictado de sentencias sin tener en cuenta la ejecución de las mismas de forma que resulta completamente descabellado considerar que un juez que juzga rápido y bien está cumpliendo, sólo con ello, la función que se le encomienda. La ejecución de la sentencia penal no puede considerarse como un proceso independiente y desligado de la función judicial que permita, desde esta perspectiva, trasladar la responsabilidad al Secretario o a la oficina judicial (al menos con las leyes procesales vigentes), sino que constituye el núcleo de la finalidad de las leyes penales y, por tanto, de la función del juez.

A la luz de todo lo expresado, la consideración de que la conducta del juez Tirado no encaja en el supuesto establecido, como falta muy grave, en el apartado 9 del artículo 217 de la LOPJ (“La desatención o el retraso injustificado y reiterado en la iniciación, tramitación o resolución de procesos y causas o en el ejercicio de cualquiera de las competencias judiciales) sino en el establecido en el punto 11 del artículo siguiente, como falta grave (El retraso injustificado en la iniciación o en la tramitación de los procesos o causas de que conozca el juez o magistrado en el ejercicio de su función, si no constituye falta muy grave) sólo sería comprensible si se considera que no hubo desatención (primero de los elementos diferenciadores de los dos preceptos) o que no existió reiteración en el retraso injustificado (segundo). Respecto del primero de estos elementos no hace falta comentario alguno puesto que creo que a nadie, ni siquiera al mismo juez interesado, se le ocurriría, so pena de ser acusado de cinismo grave o, directamente, de insensatez, sostener que no ha existido desatención pero la reiteración sí puede ser objeto de consideraciones diversas porque este concepto podría entenderse referido a la existencia de otras sanciones disciplinarias al mismo juez basadas en retrasos o desatenciones anteriores, situación que, según parece, no concurre en el caso de Tirado, pero podría también considerarse, y en mi opinión con mayor fundamento, como referido a la reiteración de tales conductas también en el ámbito de un mismo proceso de forma que la persistencia en el tiempo de la desatención o el retraso en la tramitación, más allá de lo establecido y razonablemente permitido, constituiría una evidente reiteración o, si se prefiere, un supuesto de incumplimiento continuado al que no puede dársele otro tratamiento que el de agravar el tipo respecto del retraso o desatención puntual. El Pleno del CGPJ ha acogido, sin duda, la primera de las interpretaciones para considerar que la conducta del juez no es reiterada y, en atención a ello, le ha sancionado por la comisión de una falta grave. Si esta decisión se fundamenta exclusivamente en intereses corporativos o no ha dado lugar a un debate de difícil solución porque no cabe duda de que la interpretación normativa, y en consecuencia la sanción impuesta, es jurídicamente correcta aunque pueda no ser compartida.

El Ministro de Justicia se ha apresurado a decir que hay que cambiar el régimen disciplinario de los jueces, y digo que se ha apresurado porque este anuncio se contiene en la misma entrevista en que acusa a los jueces de corporativismo, sin darse cuenta de que si, como él, sostiene la normativa disciplinaria es incorrecta, la decisión del Pleno, al adecuarse a la misma, estaría exenta del corporativismo de que se le acusa. Es decir, si hay que cambiar la LOPJ es porque, en su correcta aplicación, se ha obtenido un resultado inadecuado y, por ello debe ser corregida la norma pero, si lo ocurrido es que los jueces han actuado con fundamento exclusivo en el corporativismo ¿para qué habría que cambiarla?
No sería justo olvidar el contexto en que los acontecimientos han ocurrido y, en especial, la sobrecarga de trabajo en la mayoría de los órganos judiciales, situación que sirve, en este caso, para destacar el hecho sorprendente de que no se haya abierto expediente alguno a los Magistrados de la Audiencia de Sevilla que tardaron casi tres años en resolver el recurso interpuesto frente a la sentencia que, luego de ser confirmada, fue objeto del retraso en su ejecución en el juzgado de Tirado. Con la lógica del ciudadano cabe razonar que, de haberse resuelto el recurso en unos meses y no en tres años, del Valle habría podido ser encarcelado mucho antes. Pero es que lo que ocurre es que todos los que estamos, de alguna forma, relacionados con la administración de justicia, sabemos que el retraso y acumulación de asuntos es un mal tan arraigado en el funcionamiento de la administración de justicia que hasta forma parte de las, pudiéramos llamar, circunstancias eximentes de la responsabilidad personal de quienes se hallan a su frente y, como tal, forma parte de un modo de enjuiciar la conducta de los jueces que fluctúa del victimismo a la heroicidad. Pues bien, es en este contexto en el que los jueces “de a pie” aparecen por primera vez a través de variados mecanismos de protesta tales como un manifiesto de los Jueces Decanos, el envío masivo de mensajes al correo corporativo, la posibilidad de convocatoria de una huelga, así como el establecimiento de las inevitables comisiones de estudio y propuesta. Y entonces se les acusa de corporativismo, de reaccionar sólo ante la sanción a un concreto juez, de estar interesados en salvar la propia ropa por si a alguien pudiera ocurrirle lo mismo, de la autoprotección y de muchas otras cosas que ahora no puedo recordar.
Por mi parte las conclusiones están claras. Saquen ustedes las suyas.

martes, 18 de noviembre de 2008

un par de peldaños


Quiero dedicar lo que escribo a mi padre, Carlos, al cual no me atrevo a poner apellido dado el gran número de posibilidades a elegir; podría ser Sánchez, García, Vital o Salas, todos los que usó o debió usar, pero prefiero dejarlo así, por ahora. Y se lo dedico a él porque ahora que ha muerto no podrá sonrojarse.

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Para empezar por el principio, hay que remontarse a 1889, Atienza, Guadalajara. Una chiquilla de apenas 16 años está dando a luz en una pequeña choza sin más compañía que la de su marido, otro chiquillo como ella que está muy asustado, a pesar de haber visto a tantas cabras parir en el monte. Nadie puede venir a ayudarles porque la última nevada del año ha cubierto las puertas de todas las casas y casi la mitad de las ventanas, además es de noche, hay hielo y barro y algunos dicen que han visto al lobo. Ella no tiene madre, su marido tampoco, nunca la tuvo porque le abandonó al poco de nacer en aquellas salinas donde le encontró el que sería su suegro cuando pastoreaba las cabras a principios de un verano.

La chica se arregla sola, no llora, no grita, no mira a su marido. Se hace largo, muy largo. Cuando ya las fuerzas empiezan a fallar, siente unas intensas ganas de apretar. Ella misma coge al niño con las manos y tira de él. Está entero y parece sano. No es tan difícil, piensa la chiquilla, sin saber que su valentía, al correr la voz por la comarca, la convertiría en la partera de la comarca.

Él no quiere coger al niño, sólo la mira a ella, tan resuelta, tan tranquila que le parece que Dios se ha acordado de él por fin, la quiere, la quiere desde que tuvo uso de razón; desde que se casaron ya no había vuelto a tener miedo de la noche, ni de la pobreza, era lista como una ardilla y, ahora, era madre. A ella le parece que ese animalillo que aprieta en sus brazos tiene la piel blanquísima de su padre cuyo pelo rubio, casi albino y sus profundos ojos azules delataba que su origen estaba muy lejos de Atienza, quizá en la tierra de uno de esos militares que pasaron por allí camino a no se sebe qué guerra; los mira a los dos y sonríe satisfecha, ella también le ama aunque no sea capaz de poner nombre al sentimiento.

Después de ese hijo vinieron diez más, nueve varones, todos sanos y enteros, y una niña flaca y fea. El mayor era el más listo, aprendió a leer a la luz de una vela con las pocas indicaciones que daba el cura después de misa a un grupo de niños harapientos y mocosos, raquíticos por lo general y la mayoría incapaces de sujetar el lápiz con una sola mano.

Se llamaba Martín, Martín Salinas, era rubio, delgado, listo y rápido como un rayo, trabajador, serio y, sobre todo, ambicioso. Tenía pocos amigos porque no se fiaba de nadie, era tan espabilado para las cuentas que a los nueve años se lo llevó con él un vendedor ambulante de telas que le cargaba como a un burro y, sólo otros dos después, se fue a Madrid, con otro comerciante que se lo birló al primero llevándoselo una noche a todo el galope del que es capaz una mula mientras el otro dormía. En Madrid lo colocaron en un almacén de tejidos de un tío lejano del comerciante, en la calle Imperial. Como no le daban casi de comer y le trataban peor que a la mula, al cabo de unos meses se colocó en una tienda de ultramarinos en la lejana calle Amaniel en la que el dueño le permitía dormir bajo el mostrador, además de darle la comida y unos céntimos e, incluso, dejarle salir de paseo casi todos los domingos por la tarde después de sacar lustre al mostrador y al letrero que, en el chaflán decía: “El Abc”. Los dueños le tomaron afecto porque no robaba el género, trabajaba sin quejarse y vendía a tiempo lo que estaba a punto de estropearse.
Algún día tendré mi propia tienda –pensaba- traeré a mis hermanos y seré el amo.

En Madrid aprendía algo nuevo todos los días y veía cosas que casi nunca recordó después, fuera del episodio de la bomba de Mateo Morral que vio desde la esquina de la calle Mayor y que le dejó un recuerdo profundo de sangre y gritos y un primer sentimiento de sorpresa ante la evidencia de que había gente que se rebelaba contra el orden establecido. Al fin y al cabo, el rey era quien mandaba y eso, a él, siempre le pareció digno de todo respeto. El orden era lo más importante, el orden y la autoridad.
(Continuará…)

jueves, 13 de noviembre de 2008

MIEDO

Miedo

Se habían reído un poco de él. No mucho pero sí lo suficiente como para que una mente perspicaz como la suya se diera cuenta. No era el primero al que le temblaban las manos o la voz, pero este chico parecía la viva imagen de la muerte cuando empezó a hablar y sin querer se le escapó aquella tontería: “Señores y señoras”. Los del Tribunal sonrieron y él se dio cuenta de que había hecho el ridículo. A partir de ahí ya no supo lo que decía, y eso que los temas que le habían tocado en suerte eran fáciles y los dominaba. Pero ellos habían sonreído y después sus palabras habían perdido el sentido, el orden, la coherencia y la seguridad. Afuera esperaban su padre, que fue Notario con seis años menos de los que él tenía ahora y su novia de toda la vida.
Cuando supieron que los temas que le habían salido eran fáciles y los dominaba se miraron complacidos y aliviados. Su padre le dio un abrazo y dijo: “Venga hijo, vamos a tomar un café hasta que los del Tribunal saquen las notas”.
Dejándose llevar de la mano por su novia, salió a la calle deseando vivamente que les atropellara a los tres un autobús.